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Resulta innegable el lugar prominente que en este siglo ocupa el internet como medio global de comunicación y de oportunidades económicas. El masivo e incesante tráfico de información, junto con la oferta y la demanda de bienes y servicios para todos los gustos y necesidades que en él se hallan, hacen inoficiosa cualquier afirmación en contra de su utilidad.

Sin embargo, es preciso tener presente que internet no fue concebido a partir de los criterios de una biblioteca, menos aún de los parámetros de las revistas científicas o especializadas. Esto hace que, quienes se forman y laboran en espacios académicos, deban ser precavidos de considerarlo la panacea de todos los males que afectan el trabajo educativo. En efecto, el aspecto democrático que este medio comporta no constituye una ventaja en este caso, porque si cualquier persona está en la capacidad de introducir nuevos contenidos y editarlos, entonces no existe un filtro que elimine o por lo menos minimice las posibilidades de cometer errores, esto sin considerar aquellas aseveraciones que son deliberadamente falsas o sesgadas y que responden a intereses particulares. Por otra parte, el imperio de lo efímero que caracteriza buena parte de internet hace que se pierda el carácter más perdurable de lo impreso.

A dichas desventajas, propias de este hipermedio de comunicación, se suman los problemas que su utilización ocasiona entre los usuarios. En su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (2010), el ensayista Nicholas Carr expone varios argumentos para dar cuenta de por qué este medio no favorece la lectura profunda ni la concentración. Así, en la medida que el uso continuado de internet y el desciframiento de los hipertextos implican una mayor carga cognitiva, se habitúa al cerebro para distraerse (Carr, 2011). En palabras del autor, “cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta una lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial” (Carr, 2011, pp. 143, 144), todo lo cual es contraproducente en un ámbito como el académico, que aspira al pensamiento crítico y reflexivo. A esto se agregan las insuficiencias en la calidad de la escritura, pues internet condiciona la manera como se expresan las ideas (Carr, 2011).

En este orden de ideas, las comunidades educativas deben considerar este medio como un motor de búsqueda y una oportunidad para interactuar entre sí, pero no de tener resuelta una investigación. Esta última implica, entre otras habilidades, saber encontrar las fuentes adecuadas, además de la capacidad de entenderlas y analizarlas. La disponibilidad de artículos de revistas indexadas publicados en internet, así como de otro tipo de documentos, constituye apenas el punto de partida. Tal como señala el historiador Robert Darnton, la investigación

se desarrolla en las bibliotecas y los archivos, pero no consiste solamente en un proceso de recuperación de la información. Uno puede abrir una caja con manuscritos y cotejar información contenida en cartas, diarios personales o memos. Pero esta materia prima es un producto elaborado. Todo documento encarna alguna convención retórica, argumenta en favor de algún propósito oculto, debe ser leído entrelíneas y relacionado con todos los documentos que lo rodean (como se citó en Siri, 2000, pp. 35, 36).

Por estos motivos, se extiende una invitación a todos los integrantes de comunidades académicas para que juzguen internet como corresponde, y no se pretenda que éste realice lo que los estudiantes y docentes deben hacer por su cuenta.

 

Referencias:

Carr, N. (2011). Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Pedro Cifuentes, trad.). Bogotá: Taurus. (Obra original publicada en 2010).

Siri, L. (2000). Internet: búsquedas y buscadores. Bogotá: Norma.

Publicado por Edson Guáqueta El día 08/26/2019 Enlace permanente Comentarios (0)